Los poetas que nos enseñaron a leer New York en Español

El poeta contemporáneo es un hombre entre los hombres y su soledad es la soledad promiscua del que camina perdido en la multitud. Octavio Paz.

 La poesía hispana en New York nace con la ciudad. La metrópolis que conocemos hoy en día fue pensada y diseñada en 1811, cuando los comisionados Gouverneur Morris, John Rutherfurd y Simeon De Witt presentaron el plan de urbanización que consistía en cuadrículas rectangulares de calles y lotes iguales, extendiéndose desde The Battery hasta el Alto Manhattan. Lo anterior no solo marcaba el nacimiento de una nueva urbe, sino también el comienzo de una forma de vida, de coexistencia que, en definitiva, trazaría la geografía de los nuevos caminos poéticos. 

Las primeras publicaciones en español aparecen en la ciudad en 1823 con el diario El Habanero, fundado por el Padre Félix Varela. En este mismo año llega exiliado a New York José María Heredia, considerado por muchos el primer poeta romántico de América y el iniciador del Romanticismo hispanoamericano. Poemas suyos aparecen regularmente en el diario y en 1825 la imprenta de Gray y Buye, ubicada en 129 Broadway, publica el libro “Poesías” de Heredia, dando estos hechos inicio a una tradición poética hispana que perdura hasta la fecha.

Pasados unos años, las luchas de independencia de Cuba y Puerto Rico aunarían a estos dos países fuera y dentro de sus márgenes territoriales. En New York, Eugenio María de Hostos se une al Comité Revolucionario Cubano y se convierte en el editor de la revista La Revolución. Hostos (más conocido como el Ciudadano de las Américas) se encontraba entre los más fieles adherentes a la propuesta de Ramón Emeterio Betances de crear una Confederación Antillana entre Puerto Rico, República Dominicana y Cuba. Dicha iniciativa también llamaría la atención del escritor José Martí, defensor activo de la soberanía insular. De esta forma, las voces de estos poetas y pensadores empiezan a sonar al unísono fuera de New York en diferentes países de habla hispana.

José Martí vivió y escribió la mayor parte de su obra en la ciudad norteamericana, presentando al mundo hispano su visión de New York, de sus habitantes y sus poetas. El alcance de Martí era extenso: escribía para niños, mujeres y hombres libres, esclavos, ricos, pobres…  Martí escribía para toda Nuestra América. El mundo hispano conoce a Walt Whitman cuando este publica sobre el poeta estadounidense en el diario La Nación de Argentina. Esta carta de presentación marca la pauta de “el culto a Whitman” en las letras hispanas; este abrazo de reconocimiento unirá a escritores, desde los modernistas hasta los posmodernistas, pasando por los poetas vanguardistas y sociales de toda Hispanoamérica. New York tiene a Whitman, pero también tiene a Martí, su pedestal dentro del mundo literario hispano es tan grande y robusto como el que sostiene su estatua en la entrada principal del Central Park. 

Asimismo, la ciudad también abre sus puertas a Rubén Darío, quien fuera recibido por Martí en su primer viaje a New York en 1893. Durante este período, Darío conoce a Charles A. Dana, editor de The New York Sun. Para este entonces, el poeta ya cuenta con una presencia en España y en toda América, pero su estancia en New York vale de plataforma para su creación literaria, la cual dejaría una huella imborrable en los poetas hispanos de generaciones subsecuentes. 

Llegada la década Vanguardista de los años veinte, otros nombres se suman al entramado literario de la urbe. Tal es el caso de José Juan Tablada, cuya obra desemboca para estas fechas en una poesía nueva, considerada por muchos el motor de arranque de la modernidad hispanoamericana. Son estos los años en los que varios de los poetas de la Generación del 27 encuentran refugio en New York. Algunos solo lo harán transitoriamente, como es el caso de Federico García Lorca, quien  a pesar de su corta estancia en la ciudad, establecería un antes y un después dentro de la literatura hispana en la metrópolis y para el resto del mundo, con su poemario Poeta en Nueva York. Otros, sin embargo, quedarían por largo tiempo enamorados de La Gran Manzana: León Felipe, José Moreno Villa, Pedro Salinas, Jorge Guillén, autores todos que marcarían nuestra ciudad y se dejarían marcar por ella. Otra de las firmas imborrables de estos años es Juan Ramón Jiménez, cuya efímera presencia resulta más que suficiente para dejar una huella eterna en el imaginario newyorkino, a través de su poemario Diario de un poeta recién casado.

Desde los años treinta y hasta el presente, los conflictos y faltas de libertades en los países hispanos han provocado un fluir constante de poetas a tierra estadounidense, y en gran medida, a la ciudad de New York. Las dictaduras de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, Anastasio Somoza en Nicaragua, Alfredo Stroessner en Paraguay, Fidel Castro en Cuba, Augusto Pinochet en Chile y Jorge Rafael Videla en Argentina, son solo algunos de los ejemplos que propician la llegada al exilio de los escritores, y lo que resulta quizás más importante, sus lectores. Mientras nuestros países enfrentan el caos político, económico y cultural, New York se perpetúa, manteniendo su forma y esencia, brindando su eterno refugio: el poeta recién llegado camina las mismas calles que los poetas anteriores, y cada uno es acogido en su individualidad por la presencia permanente e incuestionable de la ciudad que nunca duerme.

Los poetas de este libro llegaron a New York en barco, tren, avión, o carro, cruzando el Brooklyn Bridge, o el Lincoln Tunnel, para desde el primer día transformarse en New Yorkers. Algunos volverán a sus raíces, quedándose New York -inevitablemente- en sus obras y experiencias de vida. Otros comprenderán que es imposible el retorno, como Lourdes Casal, quien se describiera a sí misma como “Demasiado newyorkina para ser, -aun volver a ser- cualquier otra cosa”. Todos, de alguna forma, ayudaron a describir con sonidos maternos lo que nos era extraño y poblaron con acentos el paisaje foráneo: Broadway y el Río Hudson, alto y bajo Manhattan,  abriéndonos la puerta del café de la esquina, donde cada mañana hacemos el pedido en español.   

La ciudad cada día se vuelve más atractiva para los escritores hispanos. Los autores de todo el continente encuentran refugio y público en New York. La experiencia cosmopolita y un idioma vivo, con sus diferentes rostros, enriquecen el imaginario poético del enmigrante, quien además, cuenta hoy en día con el soporte académico de diversos programas de literatura hispanoamericana en renombradas universidades newyorkinas.

Dicha plataforma de validación ha hecho posible que varias antologías de poetas hispanos en New York hayan visto la luz. Estas compilaciones, por lo general, han tomando como leitmotiv el país de origen de los autores, o un margen temporal específico, como: Los Poetas Puertorriqueños, de Alfred Matilla e Iván Silén; Poetas Cubanos en Nueva York, de Felipe Lázaro; Papiros de Babel: antología de la poesía puertorriqueña en Nueva York, de Pedro López-Adorno; Los paraguas amarillos: los poetas latinos en New York, de Iván Silén; y Entre rascacielos: Doce poetas hispanos en Nueva York, de Marie Lise Gazarian Gautie, por solo citar algunos títulos. 

Esta antología nace con la intención de saldar los espacios vacíos e interconectar los diferentes discursos que han narrado la ciudad que nos acoge, presentando al lector un recorrido cronológico por la obra de los poetas hispanos que han dejado huella en New York. Este decursar cronológico atiende solamente al año de nacimiento del poeta, pero no distingue a autores por países o épocas, sino que los conecta y los ubica sobre un único escenario, un escenario lleno de luces y sonidos que se vuelve, inevitablemente, la quintaesencia de su propuesta poética. Mucho se ha escrito desde aquel temprano 1823, y mucho queda aún por escribirse: sea el presente libro nuestra humilde manera de honrar estos primeros 200 años de Poesía Hispana en la ciudad de New York. 

Los autores citados en estas páginas, además de su contribución a la literatura universal, han mantenido viva la poesía en español desde los predios newyorkinos. Si indispensable resulta leer a Walt Whitman y a Hart Crane en sus alegorías a New York dentro de la tradición poética estadounidense, también resulta obligada la visita a los nombres de la literatura hispana que durmieron a orillas del Hudson si, con presuntuoso afán de niño que descubre el mundo, queremos empezar a entender esta inabarcable ciudad.

Henry Ballate M.F.A. New York, primavera 2023


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