Como artista visual e historiador, he aprendido que las historias más poderosas no siempre aparecen en los libros de texto. A veces, están escondidas en una caja de zapatos, en una foto doblada en el fondo de un cajón, o entre las páginas de un álbum familiar que nunca fue pensado para ser visto por el mundo. Loving: A Photographic History of Men in Love, 1850s–1950s, el extraordinario libro de Hugh Nini y Neal Treadwell, es exactamente eso: una revelación de afecto silenciado, un archivo íntimo y visual que rescata del olvido a miles de hombres que, en plena sombra de la historia, se atrevieron a amar y a dejar constancia de ello.

Lo que hace a este libro tan potente no es solo la calidad estética de sus fotografías, sino la valentía silenciosa que cada imagen carga. Desde mediados del siglo XIX, mucho antes de que existiera la palabra “gay” como identidad moderna o de que los derechos civiles fueran una posibilidad remota, estos hombres posaron juntos para una cámara con una ternura que desarma. Algunos se abrazan en campos rurales, otros se toman de la mano en estudios fotográficos. En cada imagen hay algo innegable: amor. No un amor teórico ni simbólico, sino un amor real, palpable, con cuerpo y mirada. Un amor que supo resistir la criminalización, el exilio, el desprecio y la invisibilidad.
El escritor Paolo Maria Noseda, en su texto “Amantes Amentes” incluido en el libro, nos recuerda que estos hombres fueron “guardianes silenciosos de una promesa de libertad futura”. Al amar y documentar ese amor, aunque fuese solo para ellos mismos, sembraron una semilla de dignidad que tarde o temprano florecería. Noseda acierta cuando afirma: “Nada es más escandaloso que el amor cuando está prohibido. Y nada es más revolucionario que atreverse a mostrarlo.” Eso es precisamente lo que hicieron estos hombres. Sin pancartas, sin micrófonos, sin redes sociales. Solo con un beso, una caricia, una mirada compartida ante la lente.

Hoy, al conmemorar y celebrar el Mes del Orgullo Gay, estas imágenes adquieren un nuevo brillo. No son reliquias del pasado, son llamas encendidas. Son recordatorios de que el orgullo que hoy exhibimos en las calles de Nueva York —entre banderas arcoíris, desfiles, arte, memoria y protesta— tiene raíces profundas. Las raíces de los que vivieron sin leyes que los protegieran, sin etiquetas que los ampararan, sin redes de apoyo visibles. Ellos fueron los primeros en declararse, sin palabras, con una foto, con un abrazo.
Como neoyorquino, no puedo evitar ver estas imágenes con los ojos puestos también en Christopher Street, frente al Stonewall Inn. Allí, en junio de 1969, casi un siglo después de que las primeras de estas fotos fueran tomadas, estalló la rabia y el orgullo. Fue el momento en que el amor dejó de esconderse y comenzó a gritar. El Stonewall Uprising no nació de la nada. Fue la culminación de muchas historias calladas. De muchas fotografías que nunca fueron enviadas por correo. De cartas firmadas solo con iniciales. De cuerpos que se abrazaron en la oscuridad porque no podían hacerlo bajo el sol.

Y por eso, cuando uno se para frente a la escultura de George Segal en el Stonewall National Monument, no está viendo solamente un tributo moderno. Está viendo una extensión natural de esas fotografías de Loving. Los cuerpos de Segal son lo que ocurre cuando esos retratos, por décadas privados, finalmente entran al espacio público. Son testigos de un legado, de una lucha que no comenzó en 1969, sino mucho antes. Son la corporeización del amor que resistió.
Este ensayo no es una elegía, sino una celebración, una invitación a mirar atrás no con tristeza, sino con orgullo. Porque esos hombres no solo se amaron —se atrevieron a ser recordados.

En este Pride Month, cuando podemos casarnos, vivir abiertamente y alzar nuestras voces en plazas públicas, debemos recordar que no caminamos solos. Detrás de nosotros hay miles de pasos —y muchas de esas pisadas están en blanco y negro. A los hombres de Loving, a sus amores anónimos y valientes, les debemos más de lo que creemos. Ellos no solo se amaron. Nos amaron también, al dejarnos estas imágenes como legado.

Y aquí estamos, conmemorándolos. Con fotos. Con esculturas. Con palabras. Y, sobre todo, con amor y orgullo.
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