Ambas piezas nacieron lado a lado del mismo impulso de memoria —Liverpool como mito personal— y, sin embargo, toman direcciones opuestas: la crónica luminosa de Paul y la introspección febril de John. Salió como un sencillo de dos caras el 13–17 de febrero de 1967 (US/UK) y, por la política del grupo de no repetir sencillos en LP, quedaron fuera de Sgt. Pepper; decisión que George Martin llamaría “el mayor error de mi vida profesional”. En el Reino Unido el disco se quedó en el #2 y en Estados Unidos, Penny Lane alcanzó el #1 mientras que Strawberry Fields Forever llegó al #8. Estos datos no solo son discográficos: anticipan dos filosofías de composición y de recepción.
McCartney: el urbanista de la memoria
Paul mira la ciudad como si fuese un libro de estampas: personajes, acciones mínimas, destellos. En Penny Lane hay un método reporteril que convierte lo cotidiano en icono. Baste escuchar el trazo objetivo del verso “On the corner is a banker with a motorcar”: una línea como fotografía callejera que abre un mundo de clase, oficio y humor.
Musicalmente, el tono es de baroque-pop optimista, con modulaciones vivas y el célebre solo de trompeta piccolo de David Mason —idea de Paul tras verlo tocar Bach en TV; George Martin lo arregla y lo incrusta como guiño de alta cultura en la vida común—. Una decisión estética que resume la poética de McCartney, capaz de colgarle un marco de museo incluso a la parada del autobús.
Si los estudiosos de Paul reivindican “melodía, oficio y claridad”, Penny Lane les da munición: el estribillo “Penny Lane is in my ears and in my eyes” instala una nostalgia sensorial (oído/vista) que hace del recuerdo algo compartible, casi comunitario. El barrio es el protagonista; el yo, un editor amable de escenas.
Lennon: el cartógrafo del interior
John, en cambio, usa el topónimo como clave de acceso a un espacio mental. Strawberry Fields Forever es un autorretrato en psicodelia: líneas quebradas, certeza que se desdice, identidad en vilo. Su puñalada está en la segunda estrofa, donde confiesa “No one, I think, is in my tree” y remata “I mean it must be high or low”: la parábola de la soledad y la desubicación como estado creativo. Esa lectura —el “árbol” como metáfora del sentirse aparte— la desarrolla con nitidez un análisis reciente de American Songwriter.
La sonoridad traduce la psicología: Mellotron en flautas (ese arrullo de sueño), swarmandal como velo orientalizante, cuerdas y metales de Martin, efectos en reverse y un coda que se disuelve; y, en la mesa de control, el célebre “injerto imposible”: George Martin y Geoff Emerick empalman dos tomas en distintas tonalidades y tempos mediante varispeed (la segunda, ralentizada un 11,5 %), creando un continuo que no existía en el mundo físico. El estudio como pincel; Lennon como paisajista de su propio desarraigo.
En lo lírico, John sospecha de toda afirmación: “Living is easy with eyes closed” abre la duda existencial; la canción avanza y se corrige a sí misma, como si escribir fuese pensar en voz alta. Es “psicoanálisis puesto a música”, dirá el propio Lennon.
Dos estilos, dos políticas de la canción
A mi oído, cada pieza revela una política del lenguaje:
- McCartney trabaja desde fuera hacia adentro: constela personajes y objetos (el barbero, el banquero, la rotonda) y desde esa escena pública condensa emoción. La armonía y el timbre (trompeta piccolo) legitiman lo popular con vocabulario culto. Es realismo ornamental.
- Lennon opera desde dentro hacia afuera: parte del yo en turbulencia y expresa extrañeza con técnicas de estudio que vuelven audible la grieta. Es expresionismo de cinta magnética.
Ambos coinciden en un punto: la memoria no es un espejo fiel sino un dispositivo estético. Pero sus brújulas apuntan a lugares distintos: Paul busca comunidad; John, conciencia. La recepción lo confirma: el lado Paul entra mejor a la radio; el lado John expande el género y le enseña a la audiencia a escuchar de otra forma.
La “guerra de hinchadas” (y por qué este single la desactiva)
Críticos y fans —y buena parte del periodismo— ponen a competir a Paul y John: ¿melodista vs. letrista?, ¿clásico vs. vanguardista?, ¿popular vs. profundo? Ese duelo rinde audiencia y clics, pero este sencillo es, quizá, la evidencia más explícita de que la grandeza de los Beatles nace del choque colaborativo.
- El éxito masivo de Penny Lane ofrece la puerta de entrada; el riesgo formal de Strawberry Fields Forever mueve los límites del formato. Juntas, las dos caras hacen ecosistema: sin la una, la otra pierde escala. No hay superioridad; hay espontaneidad, complemento y estrategia.
Citas breves (como huellas dactilares)
- McCartney: “On the corner is a banker with a motorcar” / “Penny Lane is in my ears and in my eyes”. Dos líneas–cámara: foco, detalle, color.
- Lennon: “Living is easy with eyes closed” / “No one, I think, is in my tree”. Dos líneas–umbral: duda, aislamiento, revelación.
Epílogo: una sola obra con dos firmas
Leído así, el 45 rpm de 1967 no fue “Lennon–McCartney”, sino John y Paul en la misma sala, empujando en direcciones opuestas para estirar los marcos de la música popular. McCartney legitima lo íntimo desde lo público; Lennon convierte lo íntimo en público. En ese vaivén —trumpetazos de cámara, cintas al revés, infancia y vanguardia— se trascendió, porque la fricción fue el método y este díptico es el autorretrato de la banda más importante de la historia de la música popular.
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