Tengo que correr.
Ir a la pequeña isla, al muelle,
visitar el vigésimo tercer museo
y amarrarme el tiempo en los hombros,
cargármelo al hombro como una soga sucia.
Hacerme cargo de lo poco que tengo y observar.
Abrir el cerrojo de este umbral antiguo en mi cabeza
y convencerme de que aún hay postales que admirar,
cosas pequeñas, el reflejo de un velero
y su silueta descompuesta en el espejo salvaje del agua.
Y mirar a mi creador con ojos de amor y ojos de silencio,
y no con ojos de limosnero.
Tengo que apurarme.
Sentarme al lado del muelle
antes de que me arrepienta.
Quiero ver el agua cristalina
e imaginar que piso la espuma
en las costas de Falcón.
Tengo prisa.
Y hay tantos bolsillos de hierro fundido y ladrillo esperándome.
Tengo que equivocarme, tragar y equivocarme de nuevo.
Porque el crisol de vida se esconde entre las verticalidades.
Levanto la vista
y a veces me pierdo en el humo
de las más de 400 estaciones de metro
que exhalan como dragones vencidos.
Camino rápido.
Tengo que llegar a donde tengo que llegar.
Pero entre semáforos rotos y taxis en huelga,
me detengo:
el verde de un árbol y el azul del cielo
me miran como si supieran algo que yo no.
Hay gente con más prisa que yo.
Y el lugar que me espera no me dará descanso ni mucho menos reposo.
Eso sí, lo tengo que mendigar al de arriba.
Es apenas un banco en cualquier parque,
un puerto de paso,
donde puedo enchufarme con su santidad a través del silencio.
Y que me mire a los ojos sin yo poder mirarlo.
Una excusa para mirar los veleros cortando el Hudson.
Aunque el viento duela.
Aunque el frío clave cuchillos entre las coyunturas,
como si el invierno cobrara impuestos.
Desde donde estoy, un mirador sin nombre
el agua no se ve cruel.
Se ve suave.
Como jarabe de sal, como entrada al subconsciente.
Tengo que apurarme para ver más vistas así,
donde el mar entra en mí como idea,
y las olas se tocan entre sí,
como amantes sin miedo.
Forman remolinos.
Y yo los guardo,
como óleos líquidos en mi cabeza.
Tengo que llegar.
Tengo que apurarme.
Siempre parezco llegar tarde al mar, pero fíjate: él me sonríe.
Como si supiera mi nombre.
Como si me hubiera esperado por siglos,
en Manhattan o en Higuerote,
da igual.
La mar me abraza igual.
Sin preguntas.
Sin juicios.
Le lanzo mis frustraciones, mis quehaceres,
mis balas simbólicas,
mis decisiones torpes…
y las buenas también.
La mar no pregunta.
Solo responde cuando quiere.
A veces con una gaviota.
A veces con una ola distinta a todas.
Y en ese olor a sal,
en esas palmadas contra las piedras,
entiendo que no necesito apurarme.
Que, como el mar,
puedo ser y estar.
Romperme y rehacerme.
No al ritmo de los trenes,
sino al mío.
Porque la promesa de olear mañana
es suficiente.
Y en esta ciudad de verticalidades,
el azul también encuentra rendijas.
Y se cuela,
rompiendo gentilmente
por dentro de mí.
Me queda volver a casa. Voy al subsuelo.
Aquí me reciben duendes de bronce:
Estación 14th Street – 8th Avenue.

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