Arquitectura de la Memoria: el arte de nunca olvidar

Un bosque de robles, cascadas infinitas y cicatrices de acero hablan hoy de memoria y resiliencia en Manhattan, NY.

El 11 de septiembre de 2001, Nueva York vivió la jornada más trágica de su historia. Dos aviones secuestrados por terroristas de Al Qaeda se estrellaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center, incendiándolas y provocando su colapso en menos de dos horas. Los atentados dejaron cerca de 3.000 fallecidos (2.996, incluyendo a los 19 terroristas) y más de 25.000 heridos, el peor ataque terrorista jamás registrado. Entre las víctimas se contaron 343 bomberos de Nueva York, 23 policías de NYPD y 37 agentes de la Autoridad Portuaria – la mayor pérdida de personal de emergencias en un solo incidente en la historia de EE.UU. Aquel día dejó postales dantescas en la memoria colectiva: multitudes huyendo a pie de Manhattan cubiertas de ceniza, siluetas aturdidas de sobrevivientes convertidos en “fantasmas” por el polvo tóxico. Veinticuatro años después, donde se alzaban las icónicas Torres Gemelas hoy existe un conjunto conmemorativo y urbano impresionante: el National September 11 Memorial & Museum, un espacio que honra a las víctimas y simboliza la resiliencia de la ciudad a través de su arquitectura cargada de solemnidad y esperanza.

El diseño de “Reflecting Absence”: vacío, agua y recuerdo

El Memorial del 9/11, inaugurado en 2011 en el décimo aniversario de la tragedia, fue concebido por el arquitecto Michael Arad junto al paisajista Peter Walker, ganadores de un concurso internacional de diseño. Su propuesta, titulada “Reflecting Absence” (Reflejando la Ausencia), planteó convertir el mismo lugar de las Torres derribadas en un santuario a cielo abierto. Allí donde se erigían los cimientos de las torres gemelas ahora existen dos enormes estanques cuadrados –cada uno de casi una hectárea de superficie– hundidos en el terreno. Del borde de estas cuencas brotan cascadas de 9 metros que descienden en cascada continua por los muros de granito oscuro, hasta un pozo central aparentemente sin fondo. Son las cascadas artificiales más grandes de Norteamérica, y llenan el espacio con el sonido incesante del agua cayendo. El efecto es sobrecogedor: el ruido del agua ahoga el bullicio de la ciudad, creando una atmósfera de respeto y contemplación. Según los creadores, el diseño simboliza el enorme vacío dejado por las víctimas y la vasta escala de la destrucción.

Alrededor de las dos fuentes, en paneles de bronce continuo, están cuidadosamente inscritos los nombres de los 2.977 fallecidos en los ataques de 2001 (así como de las 6 víctimas del atentado previo de 1993). Los nombres no están ordenados alfabéticamente, sino agrupados por “adyacencias significativas”: es decir, según las afinidades personales y laborales de las víctimas – compañeros de trabajo, amigos, familiares que viajaban juntos – cuyas relaciones fueron aportadas por sus seres queridos. De este modo, el Memorial invita a recordar a cada persona en comunidad, reflejando las redes de vidas entrelazadas truncadas aquel día. Por la noche, las piscinas se iluminan desde el interior, y las cascadas aparecen como lágrimas brillantes que desaparecen en la oscuridad. Es un monumento profundamente solemne, cuyo minimalismo –dos vacíos inundados por agua– transmite a la vez ausencia y vida cíclica.

Vista del 9/11 Memorial: Una enormes fuentes ocupan la huella de las Torres Gemelas

Un bosque entre rascacielos: robles blancos y el Árbol Sobreviviente

El espacio conmemorativo está concebido como un parque elevado de 3,2 hectáreas en medio de la urbe, una vez removidos millones de toneladas de escombros de la “Zona Cero”. Sobre la plaza se extiende un bosque sereno de robles (específicamente, robles blancos de pantano, Quercus bicolor). Se plantaron más de 400 árboles de esta especie alrededor de las fuentes, siguiendo un trazado ortogonal pero con agrupaciones naturales que forman pequeños claros y bosquecillos. ¿Por qué exactamente robles blancos de pantano? Los paisajistas eligieron esta especie por dos razones principales: es nativa de las tres zonas afectadas por los atentados (Nueva York, el Pentágono en Virginia y Shanksville en Pensilvania) y también de las regiones de donde provenían la mayoría de las víctimas; además, es un árbol muy resistente al entorno urbano, capaz de tolerar suelos secos, húmedos o salinos y las durezas del clima. Antes de ser trasplantados, los árboles fueron cuidadosamente cultivados durante años en viveros especializados de Nueva Jersey, para asegurar su adaptación y uniformidad. Hoy forman un dosel creciente: un único manto verde que cada primavera renueva la esperanza y cada otoño, con su follaje dorado, evoca la memoria en calma.

Entre estos robles destaca un árbol muy especial: el llamado “Survivor Tree” o Árbol Sobreviviente. Se trata de un peral de flor (Pyrus calleryana) que estaba en los jardines del World Trade Center original y fue encontrado entre los escombros, severamente dañado pero aún con vida, semanas después del 9/11. Los rescatistas recuperaron este tronco chamuscado de apenas 2 metros, que milagrosamente conservaba brotes verdes, y lo entregaron al departamento de parques. El peral fue rehabilitado y cuidado durante años hasta alcanzar más de 9 metros de altura, y finalmente fue replantado en el Memorial, donde sigue creciendo con vigor. Hoy el Árbol Sobreviviente se alza solo entre los robles –es la única especie distinta en el bosque–, y se ha convertido en un poderoso símbolo de esperanza y renacimiento, con nuevos retoños plantados en otros sitios conmemorativos como señal de resiliencia. Como expresó un encargado del vivero que lo salvó, “representa a todos nosotros”: la fortaleza y capacidad de volver a florecer tras la tragedia.

La nueva silueta de Manhattan: rascacielos de la reconstrucción

Tras los atentados, la ciudad de Nueva York enfrentó no solo el dolor humano, sino también un vacío físico en su famoso skyline. La zona del World Trade Center, un sitio de 6,5 hectáreas en pleno Bajo Manhattan, quedó reducida a ruinas humeantes. La remoción de escombros y recuperación de restos tomó ocho meses de labor ininterrumpida. Paralelamente, se gestó un intenso debate sobre cómo reconstruir. En 2003, el arquitecto polaco-estadounidense Daniel Libeskind ganó el concurso para el plan maestro de reurbanización, con una propuesta llamada Memory Foundations que reservaba la mitad del predio para espacios públicos y memoriales, y concentraba el desarrollo comercial en la otra mitad. A partir de esa visión, a lo largo de dos décadas se han levantado cuatro rascacielos hasta ahora, completando alrededor de la mitad del proyecto previsto.

El edificio más destacado es sin duda One World Trade Center, antes apodado la “Torre de la Libertad”. Inaugurado en 2014, One WTC alcanza 417 metros hasta el techo (104 pisos) y 541 metros hasta la punta de su aguja  – exactamente 1.776 pies, número simbólico que alude al año de la Independencia estadounidense. Es el rascacielos más alto de Nueva York y de todo el hemisferio occidental. Su elegante silueta de cristal y acero, diseñada por el estudio SOM (arquitecto David Childs) refinando la idea original de Libeskind, se erige en la esquina noroeste del predio, con una base blindada que va rotando en forma de octágono al ascender para culminar en un prisma afilado. One WTC ocupa en parte el solar donde estuvo el 6 World Trade Center original (un edificio aduanero de 8 pisos destruido en 2001) , de modo que no existe un nuevo “6 WTC” independiente. De hecho, la torre uno se alza aproximadamente en el lugar de la antigua torre seis, integrándola en su huella. A la fecha no hay planes de construir un edificio identificado como 6 WTC.

Al sur del One WTC, sobre la calle Greenwich, se encuentra el flamante 4 World Trade Center (298 m de altura, 72 pisos), diseñado por el japonés Fumihiko Maki y terminado en 2013. En 2018 se completó el 3 World Trade Center (329 m, 80 pisos), obra del renombrado estudio Rogers Stirk Harbour + Partners, caracterizada por vistosas cerchas en forma de “K” en sus fachadas. Y ya en 2006 había reabierto, justo al norte del memorial, el 7 World Trade Center (226 m, 52 pisos) –primer rascacielos reconstruido, proyectado por Skidmore, Owings & Merrill– con su inconfundible fachada espejada de vidrio ultraclaro. Estos cuatro edificios (1, 3, 4 y 7 WTC) configuran la nueva silueta del complejo, devolviendo la actividad comercial y la arquitectura de vanguardia al barrio. Quedan pendientes dos torres más: la 2 World Trade Center, cuyo diseño ha cambiado varias veces (inicialmente encargado a Norman Foster y luego revisado por Bjarke Ingels) y cuya construcción se encuentra en pausa desde 2009; y la proyectada 5 World Trade Center, planeada como un edificio de uso mixto (posiblemente residencial) en el extremo sur del sitio, donde antes estuvo el edificio Deutsche Bank. Ambas están en fase de planificación y negociación final. En conjunto, la reconstrucción del World Trade Center ha buscado equilibrar la memoria del pasado con la mirada al futuro, dotando a Nueva York de nuevos símbolos arquitectónicos sin olvidar jamás la ausencia de los originales.

“Oculus”: la estación alada de Calatrava que abre paso a la luz

Vista exterior del WTC Oculus, diseñado por Santiago Calatrava (2016). Sus estructurales “aletas” blancas de acero asemejan las alas de un ave, un símbolo de la paz y la esperanza que emerge en medio del paisaje urbano de la Zona Cero. / Foto.HB.

Entre los nuevos elementos arquitectónicos de la Zona Cero, destaca una forma blanca, futurista, que parece tanto una escultura monumental como el esqueleto de un animal mitológico. Es el World Trade Center Transportation Hub, conocido popularmente como el “Oculus”, diseñado por el ingeniero-arquitecto español Santiago Calatrava e inaugurado en 2016. Este edificio singular es la estación central que conecta los trenes suburbanos (PATH) y varias líneas de metro bajo el World Trade Center, además de albergar un centro comercial. Su estructura sobresaliente está compuesta por ribs o costillas blancas de acero que se arquean y se unen en lo alto, formando una especie de espina dorsal abierta hacia el cielo. Calatrava explicó que su intención era evocar la imagen de “una paloma liberándose de las manos de un niño”. En efecto, el Oculus se percibe como un ave alzando vuelo: sus “alas” simétricas permiten la entrada de luz natural al vasto vestíbulo interior, que es diáfano y de un blanco impoluto. Cada 11 de septiembre, precisamente a las 10:28 de la mañana (hora del colapso de la segunda torre), un rayo de sol solar se alinea con la abertura superior e inunda el interior de luz – un gesto arquitectónico llamado “Way of Light” que simboliza el recuerdo anual de aquel momento.

El Oculus ha aportado a la Zona Cero modernidad y arte a la vez. Si bien su construcción fue larga y costosa (su presupuesto final rondó los $4.000 millones, convirtiéndolo en la estación de tren más cara del mundo ), hoy día se ha convertido en un ícono reconocible de la ciudad. Su audaz diseño, mezcla de funcionalidad y poesía visual, embellece el entorno del memorial y proyecta un mensaje de esperanza: la imagen de un ave blanca –símbolo universal de la paz– emergiendo del lugar donde antes reinaban la destrucción y el dolor. El Oculus, en su luminosidad y apertura, ofrece a neoyorquinos y visitantes un espacio de transición que conecta el ajetreo diario con la quietud reflexiva del memorial y el museo adyacente. Es, en palabras de Calatrava, un monumento a la vida que continúa, uniendo el pasado con el futuro bajo la luz del cielo.

El Parque de la Libertad y la iglesia resurgida: fe y contemplación

Milagrosamente, La Esfera de Fritz Koenig, sobrevivió al colapso de los edificios – quedó abollada y agrietada, pero esencialmente intacta entre la montaña de ruinas. / Foto HB.

Al suroeste del Memorial se extiende el Liberty Park (Parque de la Libertad), un jardín elevado inaugurado en 2016 sobre la cubierta del centro de seguridad vehicular del WTC. Este parque público actúa como balcón verde con vistas a las fuentes, y alberga a su vez dos elementos notables relacionados con el 9/11. Uno de ellos es St. Nicholas Greek Orthodox Church, una pequeña iglesia ortodoxa griega que fue destruida junto con las torres (se ubicaba originalmente junto a la Torre Sur). Tras años de esfuerzos, la iglesia fue reconstruida y reabrió en diciembre de 2022 con un diseño del propio Santiago Calatrava. A diferencia de los rascacielos modernos, la nueva Iglesia de San Nicolás evoca la tradición bizantina: está inspirada en la célebre Hagia Sophia de Estambul y en la iglesia del Santo Salvador de Chora. Presenta una forma cuadrada coronada por una cúpula central revestida en mármol pentélico, el mismo tipo de mármol blanco usado en el Partenón de Atenas. La cúpula, de apenas 12 metros de diámetro, está dividida en 40 costillas estructurales – exactamente la misma cantidad de ventanas que tiene la cúpula de Hagia Sophia – como guiño a la herencia ortodoxa. De noche, toda la piel de mármol de la iglesia se ilumina desde dentro, emitiendo un resplandor sereno que la convierte en un “faro espiritual de esperanza y renacimiento” para la congregación y la ciudad. A los pies de este santuario, los fieles y visitantes disponen de una pequeña plaza de contemplación que conecta con el Liberty Park.

En el extremo opuesto del Liberty Park se erige otro símbolo, esta vez no religioso sino artístico e histórico: “The Sphere” (La Esfera). Se trata de una gran escultura esférica de bronce creada por el artista alemán Fritz Koenig, que originalmente adornaba la plaza central entre las Torres Gemelas. Milagrosamente, The Sphere sobrevivió al colapso de los edificios – quedó abollada y agrietada, pero esencialmente intacta entre la montaña de ruinas. Durante años fue reubicada temporalmente en Battery Park, hasta que en 2017 finalmente regresó a pocos metros de su lugar original, siendo instalada en Liberty Park como parte del entorno conmemorativo definitivo. Hoy la Esfera, con sus cicatrices visibles del 9/11, se alza como un poderoso símbolo de resiliencia y paz. “Emergió muy magullada, muy rota, pero no derrotada”, dijo una oradora en su rededicación. Es la única obra de arte que sobrevivió a la devastación, y para muchos representa “el espíritu tenaz de todos los afectados”. Al contemplarla –ahora acompañada por una llama eterna y una placa en honor a las víctimas– uno puede imaginarla vigilando benevolente las piscinas del Memorial desde su plataforma, como testigo silencioso que conecta el pasado con el presente.

Evacuación y heroísmo: la ciudad ante la adversidad

La devastación del 9/11 puso a prueba el temple de Nueva York y su gente. Tras el colapso de las torres, la zona financiera quedó envuelta en polvo y caos; cientos de miles de personas al sur de Manhattan se encontraron atrapadas, pues todos los puentes y túneles fueron cerrados inmediatamente por seguridad. La única salida era a pie o por mar. En escenas que recordaron a Dunkerque, multitudes de sobrevivientes cubiertos de ceniza corrieron hacia los muelles del río Hudson, huyendo del “inhumano estruendo y la niebla de escombros” que cubría la punta de la isla. Entonces ocurrió algo extraordinario: en cuestión de minutos, una flotilla espontánea de barcos de todo tipo –ferries, lanchas de guardacostas, remolcadores, cruceros turísticos, e incluso barcos privados– acudió al rescate. Un teniente de la Guardia Costera de nombre Michael Day emitió por radio una histórica llamada: “A todos los barcos disponibles: se necesitan para evacuar a civiles de Manhattan”. La respuesta fue abrumadora. Alrededor de 150 embarcaciones y 600 marinos se coordinaron improvisadamente para embarcar gente en Battery Park y otros puntos. En el transcurso de aquel día, lograron evacuar por vía marítima a más de 500.000 personas en nueve horas, la mayor evacuación por agua de la historia – incluso mayor que la de 338.000 soldados en Dunkerque durante la Segunda Guerra Mundial  . Esta epopeya, conocida como el “Boatlift del 9/11”, es menos famosa que otros relatos del 9/11, pero ejemplificó la solidaridad y el heroísmo anónimo: cientos de ciudadanos comunes con barco dejaron todo para salvar desconocidos, recordándonos que en los peores momentos “siempre hay quien elige hacer el bien”.

En tierra firme, la ciudad también mostró su resiliencia inmediata. Los bomberos de Nueva York (FDNY) se internaron sin vacilar en las torres en llamas y en las montañas de escombros, sacrificando sus vidas para salvar a otros – 343 de ellos no lo contaron, pero su valentía definió el significado de la palabra héroe. Lo mismo puede decirse de los policías y equipos de rescate que acudieron de todo el país para ayudar en la Zona Cero. Los neoyorquinos, aturdidos pero indoblegables, hicieron largas filas para donar sangre, ofrecieron sus casas a quienes no podían volver a las suyas, colgaron miles de carteles buscando a desaparecidos con la esperanza contra toda esperanza . En las semanas siguientes, pese al trauma, la ciudad se unió en duelo y determinación: bajo las luces de reflectores que iluminaron los restos humeantes, se trabajó día y noche para recuperar a cada víctima y limpiar el terreno. El 14 de septiembre, en una escena icónica, el entonces presidente George W. Bush subió a un montón de escombros con un megáfono en la mano. Entre la multitud, un bombero gritó: “¡No le escuchamos!”. A lo que Bush respondió con las palabras que quedaron grabadas en la memoria colectiva: “Nosotros sí te escuchamos, y los que derrumbaron estos edificios pronto escucharán de nosotros”. Aquello arrancó vítores entre los rescatistas cansados, reflejando un sentimiento colectivo de unidad y propósito nacional que surgió tras los ataques.

No obstante, la respuesta no estuvo exenta de aristas complejas. Estados Unidos identificó rápidamente al grupo extremista Al Qaeda y a su líder, Osama bin Laden, como los responsables intelectuales de los atentados . En menos de un mes, el país –con amplio apoyo internacional– lanzó la invasión de Afganistán (octubre de 2001) para derrocar al régimen talibán que daba refugio a Al Qaeda. Comenzaba así la llamada “Guerra contra el Terror”, que en sus primeros años fue percibida como una justa represalia. Hubo, sin embargo, derivaciones polémicas: en 2003, bajo argumentos cuestionables sobre armas de destrucción masiva, EE.UU. invadió Irak, ligando aquel conflicto al 9/11 en la narrativa oficial, lo que con el tiempo suscitó críticas y divisiones. Internamente, la seguridad aérea y nacional se endureció con medidas como la Ley USA Patriot, al tiempo que la comunidad musulmana sufría episodios de discriminación. Nueva York, no obstante, siguió adelante: apenas unos meses después del 9/11, la Bolsa de Wall Street reabrió, Broadway volvió a iluminar marquesinas, y el entonces alcalde Rudy Giuliani –y sucesores como Michael Bloomberg– instaron a “reconstruir, más altos, más fuertes”. El renacimiento de la Zona Cero en los años subsiguientes –con el Memorial, los nuevos rascacielos, parques, museos y centros de transporte– es la prueba tangible de esa resiliencia urbana. La ciudad supo canalizar el duelo en memoria viva y el enojo en reconstrucción, aunque las heridas emocionales permanecen.

Memoria, documentales y teorías conspirativas

Dos décadas después, el 9/11 sigue siendo un tema de enorme interés histórico, mediático y cultural. Se han producido infinidad de documentales, libros y películas examinando los hechos de ese día, las historias humanas, e incluso explorando ángulos controvertidos. Algunos documentales han obtenido amplia difusión –por ejemplo, “102 Minutes that Changed America” (History Channel), que compila en tiempo real videos de testigos presenciales, o “Man on Wire” (Oscar 2008), que recuerda la hazaña del funambulista Philippe Petit en las Torres Gemelas como homenaje tangencial. Otros filmes, como “United 93” de Paul Greengrass, recrean con sobriedad los eventos heroicos del vuelo que se estrelló en Pensilvania. Paralelamente, desde los primeros años tras la tragedia surgió un persistente movimiento de teorías de conspiración en torno al 9/11. Estas teorías –difundidas por Internet, algunos libros y producciones como el polémico vídeo “Loose Change”– sostienen hipótesis no probadas: alegan, por ejemplo, que las torres fueron derribadas mediante demolición controlada con explosivos, que hubo complicidad del gobierno de EE.UU. o encubrimientos deliberados, o que el impacto de los aviones por sí solo no habría causado el colapso total.

Es importante señalar que todas estas teorías han sido debidamente refutadas por la evidencia científica y las investigaciones oficiales. El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología (NIST), tras años de estudio, concluyó que el impacto de los aviones, combinado con los incendios descontrolados, fue suficiente para debilitar la estructura de las torres y desencadenar su derrumbe catastrófico, sin necesidad de ayudas explosivas . Expertos en ingeniería estructural de todo el mundo coinciden en esta explicación (pancake collapse o colapso en panqueque), aceptando que la fuerza de gravedad y la pérdida de soporte tras el fallo de columnas críticas bastaron para que los pisos superiores aplastaran secuencialmente a los inferiores. Publicaciones de divulgación, como la revista Popular Mechanics, dedicaron ediciones enteras a desmentir punto por punto los rumores de demolición intencional, demostrando las falacias o mala interpretación de datos en las teorías conspirativas. Aun así, éstas han dejado su “larga sombra” en la cultura popular, alimentadas por la desconfianza y la dolorosa magnitud del acontecimiento – un fenómeno sociológico similar al de otras grandes tragedias que engendran negacionismo o versiones alternativas. La gran mayoría de historiadores, periodistas y familiares de víctimas rechaza estas teorías infundadas, considerándolas faltas de respeto a la memoria de los fallecidos.

En contraste, los esfuerzos serios de memoria han dado frutos tangibles: el Museo del 9/11, inaugurado en 2014 bajo la plaza memorial, exhibe restos conmovedores (como columnas retorcidas, camiones de bomberos destruidos, la famosa Escalera de los Sobrevivientes que permitió huir a cientos de personas, etc.), además de recopilar testimonios de primera mano. Cada aniversario, en la mañana del 11 de septiembre, la ciudad guarda minutos de silencio a las horas exactas de los impactos y desplomes; se leen en voz alta todos los nombres de las víctimas en una emotiva ceremonia en la Zona Cero. Dos haces de luz vertical llamados Tribute in Light ascienden hacia el cielo de Manhattan cada año, replicando con luz la silueta ausente de las torres durante la noche del 9/11. Son rituales sobrios que recuerdan que lo ocurrido no fue una pesadilla difusa, sino vidas reales arrancadas.

Al caer la tarde en el Memorial del 9/11, suele reinar un silencio apenas roto por el murmullo del agua. Visitantes de todo el mundo recorren el perímetro de las fuentes, leen con respeto los nombres grabados en el bronce y dejan flores blancas o banderas en las inscripciones. Bajo la sombra de los robles, algunos lloran en silencio; otros hacen fotos buscando encuadrar la inmensidad del vacío y la presencia imponente de la nueva torre. A pocos pasos, en una modesta taberna irlandesa llamada O’Hara’s Pub, los muros están completamente cubiertos de insignias y parches de bomberos de todos los rincones del mundo – miles de emblemas dejados por compañeros que honran a sus “hermanos caídos” en acto de servicio. Entre una pinta de cerveza y otra, allí se cuentan historias de aquel día, se comparten recuerdos de colegas perdidos y se celebra, de alguna manera, la vida que continúa. Nueva York no olvida; ha transformado su dolor en legado y su pérdida en arte, arquitectura y solidaridad. El 9/11 Memorial y todo el renovado World Trade Center son prueba de ello: un homenaje al espíritu de una ciudad que sufrió lo indecible pero no se dejó vencer, y un llamado permanente a la paz y la tolerancia para las generaciones venideras.

Fotografía personal en 1994, con las Torres Gemelas detrás.

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