Una catedral inacabada, un retrato pintado en La Habana y una pintura recuperada dos siglos después revelan la extraordinaria contribución de un general español al nacimiento de Estados Unidos.
Hay historias que necesitan más de dos siglos para encontrar su lugar en la memoria de una nación. La de Bernardo de Gálvez es una de ellas. Nacido en 1746 en Macharaviaya, un pequeño pueblo de la provincia española de Málaga, este militar desempeñó un papel fundamental en la independencia de Estados Unidos. Sin embargo, su historia no ha sobrevivido únicamente a través de documentos militares, crónicas de guerra o reconocimientos oficiales. También ha permanecido en la pintura, en la arquitectura y en imágenes que, con el paso del tiempo, han adquirido significados que sus propios creadores difícilmente habrían imaginado.
La torre inacabada de la Catedral de Málaga, el retrato realizado en La Habana en 1781 por el pintor cubano José Nicolás de Escalera, una imagen cortesana del siglo XVIII tradicionalmente atribuida a Mariano Salvador Maella y la reproducción realizada por el malagueño Carlos Monserrate Carreño, instalada en el Capitolio de Washington en 2014, permiten reconstruir una extraordinaria historia que conecta tres territorios fundamentales del mundo atlántico: España, Cuba y Estados Unidos.
En este recorrido, el arte deja de ser un simple testimonio visual para convertirse en protagonista de la recuperación de una memoria histórica. La imagen de Gálvez, conservada y reinterpretada durante más de dos siglos, nos recuerda que la independencia estadounidense también se escribió en español, se organizó desde puertos del Caribe y encontró en la pintura una manera de permanecer viva.
Málaga: una catedral y un destino americano
La Catedral de la Encarnación de Málaga, conocida popularmente como La Manquita, constituye una de las imágenes arquitectónicas más reconocibles de Andalucía. Su construcción, iniciada en el siglo XVI y prolongada durante los siglos posteriores, reúne elementos renacentistas y barrocos que reflejan las transformaciones del gusto artístico y las aspiraciones monumentales de la ciudad.
La imponente torre norte, terminada en el siglo XVIII, contrasta con la torre sur, cuya construcción quedó interrumpida. Esa asimetría, que en otros edificios podría considerarse una imperfección, terminó convirtiéndose en uno de los rasgos más queridos y característicos del perfil urbano malagueño.
Durante generaciones, una tradición local ha relacionado la interrupción de las obras con la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Según ese relato, parte de los recursos destinados a completar la Catedral fueron utilizados para ayudar a financiar el conflicto contra Gran Bretaña.
La vinculación económica de las instituciones eclesiásticas malagueñas con aquella guerra tiene, además, una dimensión histórica concreta. En 1780, el Cabildo catedralicio prestó 200.000 reales de vellón a la Corona española para contribuir a la guerra contra Inglaterra, mientras que el obispo José Molina Lario aportó otros 200.000 reales procedentes de sus rentas. La financiación de la guerra y la historia de la construcción de la Catedral terminaron entrelazándose en la memoria popular de Málaga.
En 1997, la organización estadounidense Sons of the American Revolution contribuyó a perpetuar esa relación mediante una placa conmemorativa dedicada a la participación malagueña en la independencia americana.
Desde una perspectiva artística, La Manquita es un ejemplo fascinante de cómo la arquitectura puede convertirse en depositaria de la memoria colectiva. Su torre inconclusa ha pasado a representar mucho más que un proyecto arquitectónico interrumpido. Para generaciones de malagueños, también ha evocado la relación de su ciudad con acontecimientos que cambiaron la historia del continente americano.
En esa misma provincia, en Macharaviaya, había nacido Bernardo de Gálvez el 23 de julio de 1746. Su destino terminaría vinculando definitivamente el nombre de Málaga con la independencia estadounidense.
El general español que ayudó a cambiar el destino de Norteamérica
Cuando las trece colonias británicas declararon su independencia en 1776, Bernardo de Gálvez fue nombrado gobernador interino de la Luisiana española, una extensa región estratégica cuyo principal puerto, Nueva Orleans, controlaba el acceso al río Misisipi.
Desde aquella posición favoreció el suministro de armas, municiones y otros recursos destinados a los revolucionarios estadounidenses. España todavía no había entrado oficialmente en guerra contra Gran Bretaña, pero su colaboración con los enemigos de la Corona británica formaba parte de una estrategia internacional destinada a debilitar el poder inglés.
Cuando España entró en guerra contra Gran Bretaña en 1779, Gálvez inició una serie de campañas que transformaron el equilibrio militar en el golfo de México. Sus victorias en Baton Rouge, Natchez y Mobile permitieron desalojar a los británicos de posiciones estratégicas y preparar una operación de mayor envergadura: la conquista de Pensacola, en Florida Occidental.
La importancia de estas campañas fue reconocida por sus contemporáneos. George Washington estaba informado de la contribución militar española. En una carta del 21 de junio de 1781 dirigida a Francisco Rendón, representante español ante los revolucionarios, Washington felicitó a España por la victoria de Pensacola y expresó su convencimiento de que aquella operación honraría a Gálvez y a las tropas bajo su mando.
La conquista de Pensacola, el 10 de mayo de 1781, tuvo lugar apenas cinco meses antes de la rendición británica en Yorktown. La victoria española aseguró el control de Florida Occidental y debilitó considerablemente las posiciones británicas en la región.
Pero entre Luisiana y Pensacola hubo una ciudad fundamental para comprender aquella victoria: La Habana.
La Habana: el puente entre Málaga y la independencia estadounidense
Durante el siglo XVIII, La Habana era uno de los principales centros militares, comerciales y navales del Imperio español. Su bahía, protegida por fortalezas como el Castillo de los Tres Reyes del Morro y la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, constituía una de las instalaciones portuarias más importantes del Caribe.
Aquella ciudad fortificada era también una expresión monumental del poder español en América. Sus murallas, edificios militares, plazas y construcciones religiosas reflejaban una sociedad que participaba activamente en las redes comerciales, políticas y culturales del mundo atlántico.
Fue precisamente desde La Habana donde Bernardo de Gálvez organizó una de las operaciones militares más importantes de su carrera.
La campaña contra Pensacola exigía reunir embarcaciones, soldados, artillería, provisiones y recursos procedentes de diferentes territorios españoles. Cuba proporcionó una parte fundamental de esa infraestructura, además de hombres y recursos económicos.
Un primer intento de expedición, realizado en octubre de 1780, quedó desbaratado por un huracán. Sin embargo, Gálvez perseveró en su objetivo y, después de nuevas negociaciones y preparativos, consiguió organizar otra fuerza expedicionaria.
El 28 de febrero de 1781, la expedición destinada a conquistar Pensacola partió de La Habana. La operación culminó el 10 de mayo con la rendición de las fuerzas británicas. Fue una de las mayores victorias españolas durante la Revolución Americana.
Cuba había desempeñado un papel fundamental en aquel resultado. La Habana fue el centro de organización de la expedición y uno de sus principales puntos de abastecimiento. Las tropas y los recursos procedentes de la isla participaron en una campaña que contribuyó a transformar el equilibrio militar de Norteamérica.
La relación de Gálvez con Cuba continuó después de la guerra. En 1785 asumió el gobierno y la Capitanía General de Cuba, antes de ser nombrado virrey de Nueva España.
Su paso por La Habana permite comprender cómo la independencia de Estados Unidos fue también una historia caribeña. Los hombres, los recursos y las decisiones que hicieron posible algunas de las victorias revolucionarias circularon por puertos que hoy pertenecen a países diferentes, pero que entonces formaban parte de una compleja red imperial.
En ese contexto, La Habana no solamente participó en la historia militar de Gálvez. También dejó una de sus imágenes artísticas más importantes.

José Nicolás de Escalera (1734–1804). Retrato de Bernardo de Gálvez, 1781. Óleo sobre lienzo. La Habana, Cuba. Colección Iberdrola. En préstamo a la National Portrait Gallery, Smithsonian Institution, Washington, D. C., desde 2026.
José Nicolás de Escalera: el pintor cubano que retrató a Gálvez
En 1781, durante una de sus estancias en La Habana, Bernardo de Gálvez fue retratado por José Nicolás de Escalera (1734-1804), uno de los primeros grandes representantes de la pintura cubana.
Escalera ocupa un lugar fundamental en la historia del arte de la isla. Formado dentro de la tradición pictórica colonial, desarrolló una producción vinculada principalmente al arte religioso y al retrato, en un momento en que los artistas nacidos en Cuba comenzaban a adquirir una presencia propia dentro de la cultura visual del territorio.
Su obra está especialmente asociada a la decoración de la iglesia de Santa María del Rosario, cerca de La Habana, donde realizó algunas de las pinturas religiosas más significativas del período colonial cubano.
El retrato de Bernardo de Gálvez, realizado al óleo sobre lienzo, constituye una obra particularmente interesante dentro de esa producción.
El militar aparece de pie, vestido con un elegante uniforme oscuro, profusamente decorado con bordados dorados. La casaca, las insignias y la postura del personaje responden a los códigos tradicionales del retrato oficial, pero Escalera consigue dotar a la figura de una presencia individual que trasciende la representación de su rango militar.
Gálvez sostiene una carta cuyo contenido introduce una dimensión personal en la composición. El documento contiene un mensaje de su padre, Matías de Gálvez, que lo felicita por sus éxitos y su ascenso militar. La carta funciona simultáneamente como atributo de reconocimiento, referencia familiar y testimonio de las aspiraciones sociales de la época.
La combinación del uniforme, las condecoraciones y el documento construye una imagen donde convergen el prestigio militar, la posición política y la identidad individual.
Desde el punto de vista artístico, el retrato posee una importancia singular. Fue realizado por un pintor nacido en Cuba, dentro del ambiente cultural de La Habana y en el mismo año de una de las victorias que contribuyeron a la independencia estadounidense.
La pintura se convierte así en un documento visual del papel que desempeñó el Caribe español en la historia norteamericana.
Pero existe otra dimensión especialmente reveladora: Escalera representa a Gálvez desde América, utilizando los códigos del retrato europeo para mostrar a un protagonista de acontecimientos que estaban cambiando el destino del continente.
En una época en que la pintura colonial todavía ocupaba un lugar secundario dentro de las narraciones tradicionales de la historia del arte, este retrato demuestra la importancia de los artistas americanos en la construcción de la memoria visual del mundo atlántico.
La imagen de Gálvez no quedó limitada a su representación original. El retrato de Escalera sirvió de modelo para otras pinturas y grabados posteriores, ampliando su importancia dentro de la iconografía del general.
De La Habana al Smithsonian, 245 años después
La pintura de José Nicolás de Escalera permaneció durante más de cuatro generaciones en colecciones privadas. Su historia volvió a adquirir relevancia en 2026, cuando la National Portrait Gallery del Smithsonian, en Washington, anunció su presentación pública en Estados Unidos.
El retrato llegó mediante un préstamo de larga duración de la Colección Iberdrola, dentro de la iniciativa Unveiling Memories, dedicada a recuperar y difundir la contribución española e hispana a la independencia estadounidense.
El 2 de julio de 2026, coincidiendo con las celebraciones del 250 aniversario de la independencia, la obra comenzó a exhibirse en la exposición Out of Many: Portraits from 1600 to 1900.
La incorporación del retrato a la National Portrait Gallery posee un significado que va más allá del reconocimiento a un militar español.
La institución, dedicada a contar la historia de Estados Unidos mediante las imágenes de las personas que contribuyeron a construirla, incorporó una pintura realizada en Cuba por un artista cubano.
Para la historia del arte cubano, su presencia en Washington representa también una oportunidad excepcional de reconocimiento internacional. Una pintura creada en La Habana en el siglo XVIII participa ahora en el discurso de uno de los museos más importantes de Estados Unidos.
El retrato conserva una extraordinaria capacidad para conectar épocas y territorios. Realizado en el Caribe español, vinculado a una campaña militar desarrollada en Florida y conservado durante siglos en manos privadas, encontró finalmente su lugar en un museo estadounidense.
Desde esa perspectiva, la obra de Escalera constituye una de las piezas fundamentales para reconstruir la historia de Gálvez a través del arte.
Un retrato desaparecido y una promesa del Congreso de 1783
La importancia de Bernardo de Gálvez no pasó inadvertida para los fundadores de la nueva república.
Terminada la Guerra de Independencia, el Congreso estadounidense quiso incorporar su imagen a los espacios de representación institucional.
En mayo de 1783, Oliver Pollock, comerciante y colaborador de la causa revolucionaria, presentó un retrato del general español. Pollock había desempeñado un papel importante como intermediario entre los revolucionarios estadounidenses y las autoridades españolas de Luisiana.
El 9 de mayo de 1783, el Congreso acordó aceptar la imagen para su exhibición en la sala donde se reunían sus representantes.
El gesto tenía un significado político y simbólico considerable. En aquellos años, el retrato constituía uno de los principales instrumentos de representación pública. Las imágenes de militares, gobernantes y personajes distinguidos contribuían a establecer una memoria visual de los acontecimientos y de quienes habían participado en ellos.
Que el Congreso quisiera conservar la imagen de un general español significaba reconocer su lugar entre los protagonistas de la independencia estadounidense.
Con el paso del tiempo, aquella pintura desapareció de la sede legislativa y su paradero quedó sin esclarecer. La documentación de 1783 conservó, sin embargo, la memoria del reconocimiento.
Más de dos siglos después, investigadores de la Asociación Cultural Bernardo de Gálvez, en Málaga, recuperaron aquella resolución y promovieron una iniciativa para que el general español volviera a tener un retrato en el Congreso.
La historia de una pintura desaparecida se convirtió entonces en el comienzo de otra historia artística.

Carlos Monserrate Carreño. Retrato de Bernardo de Gálvez, 2014. Óleo sobre lienzo. Reproducción de un retrato del siglo XVIII tradicionalmente atribuido a Mariano Salvador Maella. Capitolio de los Estados Unidos, sala del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Washington, D. C.
Mariano Salvador Maella y la imagen cortesana de Gálvez
Entre las representaciones históricas más conocidas de Bernardo de Gálvez figura un retrato realizado hacia 1784, tradicionalmente atribuido al pintor valenciano Mariano Salvador Maella (1739-1819), una de las figuras destacadas de la pintura española durante los reinados de Carlos III y Carlos IV. La atribución ha sido objeto de revisión y la autoría de la obra continúa siendo discutida.
El retrato pertenece a la tradición pictórica oficial de la Ilustración española.
Gálvez aparece vestido con un uniforme oscuro, bordado en oro, que comunica su elevada posición militar y política. Su actitud, la riqueza de las telas y la precisión de los detalles responden a una concepción del retrato donde la dignidad del personaje se expresa a través de los atributos de su cargo.
Maella desarrolló una parte importante de su carrera dentro de la cultura artística de la corte borbónica. Sus retratos participaban de un lenguaje visual destinado a representar la autoridad y el prestigio de los personajes vinculados a la monarquía.
La imagen de Gálvez se inscribe en ese mismo universo estético.
Resulta interesante contrastar esta representación con la realizada por Escalera en Cuba. Aunque ambas pertenecen al mundo del retrato oficial del siglo XVIII, surgieron en contextos culturales diferentes.
La obra cubana está vinculada a la presencia de Gálvez en el Caribe y al momento histórico de sus campañas militares. La pintura conservada en Málaga, por su parte, presenta al personaje mediante los códigos de representación del poder monárquico español.
Ambas contribuyeron a construir la iconografía del general.
La pintura malagueña tendría además un destino inesperado: serviría de modelo para el retrato que finalmente ocuparía un lugar en el Capitolio de Washington.
Carlos Monserrate: la reproducción que devolvió a Gálvez al Capitolio
La recuperación del retrato de Bernardo de Gálvez en el Congreso estadounidense comenzó a tomar forma durante las primeras décadas del siglo XXI.
Investigadores de la Asociación Cultural Bernardo de Gálvez habían localizado documentación relacionada con la decisión del Congreso de 1783.
En 2013, Teresa Valcarce, española residente en Washington, conoció aquella historia y comenzó a promover las gestiones necesarias para que el reconocimiento se hiciera realidad.
La asociación malagueña impulsó entonces la creación de una nueva pintura basada en el retrato histórico tradicionalmente atribuido a Mariano Salvador Maella.
El encargado fue Carlos Monserrate Carreño, pintor malagueño que realizó una reproducción al óleo de aquella obra.
Conviene distinguir las dos pinturas históricas involucradas en este episodio. El retrato presentado por Oliver Pollock ante el Congreso en 1783 había desaparecido y su paradero seguía siendo desconocido. La obra realizada por Monserrate no era una copia de aquella pintura perdida, sino una reproducción de otro retrato antiguo de Gálvez, conservado por una familia malagueña y tradicionalmente atribuido a Maella.
De esa manera, la nueva pintura recuperaba la imagen del personaje y permitía cumplir, mediante una obra contemporánea, el antiguo propósito de los representantes estadounidenses.
La reproducción fue trasladada a Washington gracias a la colaboración de la Diputación de Málaga y las gestiones de Teresa Valcarce, con el apoyo de representantes políticos estadounidenses, entre ellos el senador Robert Menéndez.
El 9 de diciembre de 2014, el retrato fue instalado oficialmente en la sala de reuniones de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense, dentro del Capitolio.
Habían transcurrido 231 años desde la decisión del Congreso de 1783.
La historia posee una singular dimensión artística. Una pintura realizada en la España del siglo XVIII, reinterpretada por un artista malagueño contemporáneo, terminó cumpliendo una antigua decisión de los representantes de Estados Unidos.
La reproducción adquirió así un valor histórico propio.
No se trataba solamente de recuperar la imagen de un personaje. Se estaba utilizando la pintura para restablecer una continuidad entre el reconocimiento otorgado por los fundadores de la nación y la memoria institucional contemporánea.
La obra de Monserrate demuestra cómo una imagen puede trascender su función original para convertirse en instrumento de recuperación de la memoria histórica.
El pintor falleció el 4 de enero de 2025, poco después de cumplirse el décimo aniversario de la instalación de su obra en Washington. Su nombre quedó unido a uno de los episodios más singulares de la presencia del arte español en las instituciones estadounidenses.

Unveiling of the portrait of General Bernardo de Gálvez at the U.S. Capitol, Washington, D.C., December 9, 2014. Teresa Valcarce, who spearheaded the initiative to fulfill the Congressional resolution of 1783, attends the ceremony.
Un ciudadano estadounidense nacido en Málaga
El mismo año en que el retrato de Carlos Monserrate llegó al Capitolio, Bernardo de Gálvez recibió uno de los reconocimientos más excepcionales que puede conceder Estados Unidos.
El 16 de diciembre de 2014, apenas siete días después de instalarse la pintura, el presidente Barack Obama firmó la Ley Pública 113-229, mediante la cual se concedió a Gálvez la ciudadanía honoraria estadounidense a título póstumo.
La ley reconoció expresamente su contribución a la Revolución Americana, el apoyo logístico proporcionado a los independentistas y sus campañas militares contra Gran Bretaña.
La ciudadanía honoraria es una distinción extraordinariamente infrecuente, concedida también a personalidades como Winston Churchill, el marqués de Lafayette y la madre Teresa de Calcuta.
Para un hombre nacido en una pequeña localidad de Málaga, que había muerto en México en 1786, el reconocimiento representó una peculiar culminación de su trayectoria histórica: un militar español del siglo XVIII convertido, más de doscientos años después, en ciudadano honorario de la nación cuya independencia había contribuido a conseguir.
La coincidencia de ambos acontecimientos en diciembre de 2014, la instalación del retrato en el Capitolio y la concesión de la ciudadanía, convirtió aquel mes en un momento especialmente significativo para la recuperación de su memoria.
El arte como memoria de una independencia compartida
La recuperación de Bernardo de Gálvez demuestra que la historia no permanece únicamente en los archivos, los documentos oficiales o las crónicas militares. También sobrevive en las imágenes, en los edificios y en las obras de arte que atraviesan generaciones, transformando su significado con el paso del tiempo.
En Málaga, la torre inacabada de una catedral conserva en la memoria popular el recuerdo de una guerra librada al otro lado del Atlántico. En La Habana, José Nicolás de Escalera inmortalizó en 1781 al militar español cuya expedición hacia Pensacola había partido de aquella ciudad. En España, un retrato de la tradición cortesana contribuyó a construir su imagen oficial. Y en Washington, Carlos Monserrate recuperó esa representación para devolver al general al espacio institucional que el Congreso estadounidense había querido reservarle más de dos siglos antes.
Cada una de estas obras pertenece a una época y a un contexto artístico diferente, pero juntas permiten reconstruir una historia compartida que la distancia geográfica y el transcurso de los siglos habían fragmentado.
Cuba ocupa un lugar especialmente significativo en ese recorrido. La Habana no fue simplemente un puerto de tránsito para las tropas españolas, sino un centro fundamental desde el cual se organizó una de las victorias que contribuyeron a la independencia estadounidense. Que un pintor cubano haya dejado uno de los testimonios visuales más importantes de aquel protagonista constituye una aportación extraordinaria a la historia artística y cultural de América.
En 2026, cuando Estados Unidos celebra el 250 aniversario de su independencia, el retrato de Escalera en la National Portrait Gallery y el de Monserrate en el Capitolio permiten contemplar a Bernardo de Gálvez desde una perspectiva que trasciende la historia militar. Sus imágenes recuerdan que el nacimiento de aquella nación estuvo vinculado a otros pueblos, otras ciudades y otras tradiciones culturales.
Existe, además, una hermosa paradoja en esta historia. Una pintura que el Congreso quiso conservar desapareció con el tiempo, pero la voluntad de recordar al personaje sobrevivió a su pérdida. Dos siglos después, otra pintura ocupó su lugar. Y mientras esa imagen contemporánea recuperaba su presencia en el Capitolio, un retrato original pintado en La Habana comenzaba una nueva vida pública en uno de los grandes museos de Washington.
Nacido en Macharaviaya, protagonista de una campaña organizada desde La Habana y convertido en ciudadano honorario de Estados Unidos, Bernardo de Gálvez pertenece hoy a una memoria histórica que une ambas orillas del Atlántico.
Desde la arquitectura monumental de Málaga hasta la pintura colonial cubana y los salones del Capitolio, su historia demuestra que el arte no solamente representa los acontecimientos del pasado, sino que también puede rescatarlos del olvido, devolverles su dimensión humana y transmitirlos a las generaciones futuras.
Porque las batallas terminan, los imperios desaparecen y las fronteras cambian, pero las obras de arte permanecen para recordarnos que la historia de una nación también se construye más allá de sus fronteras.
Sección Viajes | Art-Sólido Magazine
Esta sección cuenta con el patrocinio de Gran Apple Tour, compañía especializada en visitas guiadas y experiencias culturales en la ciudad de Nueva York. Este auspicio refleja su compromiso con la difusión de la historia, el arte y la cultura, así como con el reconocimiento de las contribuciones españolas al desarrollo histórico y cultural de nuestra América.
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