Dos donaciones, una historia del arte cubano



Coleccionismo, filantropía y continuidad del arte cubano en el Museum of Arts & Sciences de Daytona Beach

En la historia de una colección museística, una donación significa mucho más que la incorporación de un conjunto de objetos. Supone trasladar obras del ámbito privado al patrimonio público y, de alguna manera, decidir qué parte de una cultura permanecerá disponible para las generaciones futuras. En el caso del Museum of Arts & Sciences (MOAS) de Daytona Beach, Florida, dos donaciones realizadas con más de seis décadas de diferencia permiten observar no solo la evolución del arte cubano, sino también una tradición de coleccionismo y filantropía cubana fuera de la Isla.

Leopoldo Romañach (1862 – 1951) Cabeza de Estudio, 1926, Oil on canvas


La primera ocurrió en 1957, cuando el entonces presidente de la República de Cuba, Fulgencio Batista, y su esposa, Marta Fernández Batista, donaron un importante conjunto de arte cubano a la ciudad y al pueblo de Daytona Beach. La segunda pertenece a nuestro tiempo y tiene como protagonista al coleccionista Leonardo Rodríguez. Separadas por más de sesenta años y por circunstancias políticas y sociales radicalmente diferentes, ambas donaciones convergen hoy en una misma institución y establecen un diálogo que recorre buena parte de la historia moderna y contemporánea de Cuba.


Una colección cubana fuera de Cuba

La relación de Batista con Daytona Beach antecede a la donación. Después de concluir su primer período presidencial en 1944, estableció allí una residencia y mantuvo durante años una relación cercana con la ciudad. En 1957, él y Marta Fernández Batista entregaron al museo un importante conjunto de pinturas y objetos relacionados con la historia y la cultura cubanas. La inscripción que todavía recuerda el gesto señala que la colección fue entregada a “la ciudad y al pueblo de Daytona Beach”.

View of the Cuban Art Gallery

Más allá de cualquier valoración política sobre Batista, cuya trayectoria incluye una presidencia constitucional y el golpe de Estado de 1952, la donación debe considerarse también dentro de la historia del coleccionismo y el mecenazgo cultural cubano, en la que Marta Fernández Batista ocupa un lugar importante. La colección original reunió aproximadamente cincuenta pinturas y más de cuarenta objetos y continuó creciendo mediante nuevas adquisiciones y donaciones hasta formar un conjunto de alrededor de 150 obras.

Entre los artistas representados aparecen nombres fundamentales como Leopoldo Romañach, Armando García Menocal, Víctor Manuel, Eduardo Abela, Carlos Enríquez, Amelia Peláez, René Portocarrero, Mirta Cerra, Sandú Darié y Guido Llinás. Después de 1959, este conjunto adquirió una importancia histórica adicional. La Revolución transformó las instituciones culturales y la propiedad privada en Cuba; colecciones fueron nacionalizadas, familias abandonaron el país y numerosas obras comenzaron una nueva existencia fuera de la Isla. La colección de Daytona, sin embargo, había llegado antes y quedó convertida involuntariamente en una suerte de cápsula del tiempo anterior a aquella fractura histórica.


Más de sesenta años después

View of a work by Aldo Menéndez, part of the new donation made by collector Leonardo Rodríguez

Leonardo Rodríguez reunió durante más de veinte años una extensa colección, con especial atención al arte cubano y cubanoamericano. En 2016 decidió abrir parte de aquella experiencia privada al público con la creación del Kendall Art Center, concebido como espacio para exposiciones, publicaciones y colaboraciones con artistas, museos e instituciones académicas.

Desde entonces, Rodríguez y su colección han desarrollado colaboraciones con diversos museos de Florida, así como con instituciones nacionales de relevancia, entre ellas el Smithsonian Institution en Washington, D.C. Esta actividad se ha extendido también al ámbito internacional, con proyectos y colaboraciones en países como México, España y Brasil, entre otros. Más que mantener una colección confinada al espacio privado, Rodríguez ha buscado ponerla en circulación, utilizarla como instrumento de intercambio cultural y ampliar la presencia del arte cubano dentro de contextos museísticos y académicos.

Ivone Ferrer, La Historia del Tabaco, 2019, mixed on canvas, 40 x 60″

Entre esas colaboraciones, la establecida con el Museum of Arts & Sciences adquirió una relevancia particular. La relación produjo dos exposiciones. Beyond the Plate presentó una selección de platos, murales e instalaciones de la Rodriguez Ceramics Collection, explorando la cerámica como territorio de experimentación artística contemporánea. Posteriormente, Women Artists in the Rodriguez Collection reunió obras de mujeres artistas de distintas generaciones y lenguajes, mostrando también la diversidad del arte cubano y de su diáspora.

Estas exposiciones establecieron un diálogo entre una colección privada dedicada al arte contemporáneo y una institución que conservaba desde 1957 uno de los conjuntos históricos de arte cubano más significativos fuera de la Isla. De esa relación surgió un gesto de mayor permanencia: la donación.

Carlos Luna, 1814 AP, Match, 2018, Gouache & charcoal on amate paper, 39 ¼ x 47”

En 2020, catorce pinturas de la Rodríguez Collection ingresaron en la colección permanente de MOAS. El museo reconoció el conjunto como la donación de obras más significativa recibida durante aquel año y la más importante de arte cubano en seis décadas. Entre los artistas representados se encuentran Lisyanet Rodríguez, Ivonne Ferrer, Milena Martínez Pedrosa, Ciro Quintana, Noel Dobarganes, Jorge Santos Marcos, Adrián Menéndez, Néstor Arenas, Carlos Luna, Reynerio Tamayo, Aldo Menéndez, Patricio Rodríguez, Maikel Domínguez y Pedro Ávila Gendis.

La secuencia es significativa: colaboración, exposición y finalmente donación. Las exposiciones habían creado un diálogo curatorial con los fondos históricos de MOAS; la donación convirtió ese diálogo temporal en una relación permanente. Si Marta Fernández y Fulgencio Batista contribuyeron en 1957 a establecer un importante núcleo histórico de arte cubano en Daytona Beach, más de seis décadas después Leonardo Rodríguez hizo algo igualmente necesario: contribuir a su continuidad.


Dos donaciones, una historia cubana

Ciro Quintana, Paisaje Tropical entre cocoteras y palmeras, 2019, oil on linen, 72 x 94″

La donación de 1957 preservó una representación excepcional del desarrollo del arte cubano hasta mediados del siglo XX. La de Rodríguez extiende esa narrativa hacia finales del siglo XX y comienzos del XXI, incorporando otras generaciones, lenguajes y experiencias. Entre ambas existe una ruptura histórica decisiva: 1959.

A partir de ese momento resulta imposible comprender plenamente el arte cubano únicamente desde los límites geográficos de Cuba. El exilio, la emigración y la diáspora modificaron su mapa cultural. Miami se convirtió en uno de los centros fundamentales de esa producción, y la incorporación de artistas contemporáneos a MOAS reconoce que la historia del arte cubano continuó desarrollándose simultáneamente dentro y fuera de la Isla.

Reynerio Tamayo, Jackie Robinson, 2018, mixed on canvas, 60×48″

Aquí aparece también la responsabilidad del coleccionista. Toda colección privada nace de decisiones personales, afinidades y circunstancias particulares, pero algunas terminan adquiriendo una responsabilidad que supera a quien las reunió. Poseer una obra y preservarla no son exactamente la misma cosa. Cuando una obra entra en un museo, deja de depender exclusivamente del destino de una persona o una familia y pasa a formar parte de una institución dedicada a conservarla, estudiarla, exhibirla y hacerla accesible. Es allí donde el coleccionismo puede convertirse en filantropía cultural.

La comparación entre ambas donaciones no pretende equiparar a los donantes ni las circunstancias históricas que los rodean. Lo significativo es la continuidad de una práctica: trasladar patrimonio artístico cubano desde la esfera privada hacia una institución pública. En ese gesto reside la verdadera conexión.


Un museo, tres siglos

René Portocarrero (1912 – 1985) Figure in grey, 1957, oil on canvas

MOAS puede presentar hoy una historia del arte cubano que comienza en los siglos XVIII y XIX, atraviesa la academia, las vanguardias y la modernidad del siglo XX y alcanza las prácticas contemporáneas. Pocos museos fuera de Cuba pueden construir una narración semejante desde su propia colección.

Su importancia tampoco es exclusivamente museológica. Para estudiantes, investigadores y visitantes, estas obras presentan una Cuba que existe más allá de la Revolución, la Guerra Fría y las tensiones políticas entre La Habana y Washington: una cultura visual compleja, diversa y persistente. Las políticas cambian, los gobiernos desaparecen y las generaciones se suceden, pero las obras permanecen.

Amelia Peláez (1896 – 1968) Naturaleza Muerta, 1955, Oil on canvas

Entre Romañach, Víctor Manuel, Amelia Peláez o Portocarrero y Ciro Quintana, Carlos Luna, Reynerio Tamayo, Ivonne Ferrer y las generaciones posteriores existe algo más que una distancia cronológica. Existe una historia de desplazamientos, rupturas y permanencias, pero también otra historia menos estudiada: la del coleccionismo cubano como forma de preservación cultural.

Vista desde esa perspectiva, la donación de la Rodríguez Collection al Museum of Arts & Sciences no representa simplemente la incorporación de catorce pinturas. Completa, actualiza y prolonga una narración iniciada allí más de sesenta años antes. Dos donaciones, dos momentos radicalmente diferentes de Cuba y una misma institución conservan así una historia cubana que continúa.

En portada: Armando G. Menocal (1863–1942), Peasant Child (Niño campesino), 1936. Óleo sobre tabla.


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