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Con el Pan y la Limonada…

Un acercamiento a la obra fotográfica de Jorge Luis Toledo

by Roxana M. Bermejo.

La fotografía de Jorge Luis Toledo (La Habana, 1985) es para mí un sincero recordatorio de que existe una Cuba plural que rompe los márgenes de lo establecido. Esto no es nuevo, nunca he intentado empatar con palabras aquello que se desconoce, sino quizás traducir un poco lo que, por cercano, se nos vuelve imperceptible. A veces lo esencial es aquello que necesita ser recordado, revivido, puesto arriba de la mesa, con el pan y la limonada, si es que hay pan. O limonada. Bueno, de esta manera lo diré, entonces, simple y claro: me gustan las fotos de Jorgito. Más allá de la amistad que le profeso a la persona detrás de la cámara, está esa sensación de que lo que veo me resulta conocido. Y cuando digo esto no me refiero a que sus obras sean manidas, o a que aniden en ellas los lugares comunes. Me refiero a que es un placer inmenso hallar con los ojos la esquina de mi casa, o mi casa misma.  

Jorge sale a caminar La Habana, sin premeditación, y eso es ya suficiente para que nazcan instantáneas monumentales. Pienso ahora mismo en la serie de retratos a medio cuerpo, donde las miradas de los personajes se esconden tras las rejas. Digo mal cuando digo personajes, los suyos no posan, no actúan. Son personas de carne y hueso. Realidades. Y sin embargo, resulta recurrente en sus piezas el aura teatral. La luz que emana de quién sabe dónde y cae, con tortuosa decadencia, implacable, sobre las caras mustias de todos los que somos. Y es que las imágenes que regala Jorgito no son símbolo de otra cosa que no sea nosotros mismos. Un niño, el mar, el Manuel Piña de las “Aguas baldías” que nos arrastra desde lo icónico, el Raúl Cañibano dueño del malecón habanero… Sí, podría afirmar que si Jorge Luis Toledo tiene una influencia habría que buscarla en la fotografía de los noventa en Cuba. Con todo esto en la mochila, Jorge toma su instantánea, que se va haciendo audaz con el paso del tiempo, y de la cual tenemos la suerte enorme de ser testigos. 

Hace unas semanas atrás me sorprendía con una serie de imágenes sobre espacios abandonados. Edificios, parques, muros rodeados de paz y de silencio. Por aquellos lares andaba la creación de Jorge en esos días. Recuerdo haberle dicho: me gusta más tu obra cuando hay personas, porque eres un diario, una voz, y esa debe ser la función social de un buen artista. Sin embargo, ahora reflexiono y encuentro en dichas escenas de recogimiento todo el contenido necesario para llenar vacíos. A fin de cuentas, ¿qué son los espacios en ruinas que nos quedan en La Habana sino la historia que debería trascendernos, pero que a la postre, resulta tan escueta que los simples humanos en despojos que somos la hemos sobrevivido?  Me gustaría pensar de este modo: el hombre cubano sobreviviendo a sus ruinas, el  hombre cubano ya en ruinas, levantado como el Ave Fénix, y Jorgito detrás, tirando fotos. I like it. Tiene una mano que nunca ha sido adiestrada en academia alguna pero que conoce, como de memoria el contorno de las superficies que recoge, y aun así parece fugaz, instantáneo como ya sabemos todos que resulta la fotografía. Es un don el que él tiene. Coloca a la persona, la pone a sonreír, la pone a gritar en el momento preciso, y no obstante -como ya dije- esa persona nunca sospecha que Jorgito estuvo ahí.  

Hay una foto específica que juega con figuras geométricas al mismo tiempo que con sensaciones. Se titula “La espera”. Mientras la reconozco con los ojos pienso en mi clase de Apreciación del Arte. Una de las dos mujeres me ve y sostiene la mirada, una mujer que luce muchísimo como mi abuela. Me ve y me dice: “No ha llegado el pollo”. Y yo la entiendo, porque sus ojos hablan en una lengua común, que es el lenguaje de las ruinas, la estética del cine pobre, la estética nuestra de cada día. Y qué triste, pero cuánta belleza se halla en la tristeza. Jorgito lo sabe, y a mí me gusta. Me retuerce y tengo ganas de halar a mi abuela de esa foto. Pero me quedo observándola, en silencio, divagando por cuadros y círculos, pensando en el fundamento de la forma.

De alguna manera, es la obra de Jorge un cúmulo de sensaciones donde se lee, como en un diccionario o en un mapa los caminos que hemos decidido recorrer como seres humanos individuales al seno de una nación que nos absorbe. Para mí su producción significa un apartado de realidades, que en blanco y negro alcanza su mayor dramatismo y sinceridad. Es la suya una fotografía del presente cubano, noventiano perenne. Es un recuento del diario de nuestras vidas litorales, bañadas de malecón, vidas con tapabocas, pandemias, renacimientos, bultos a nuestras espaldas… Bultos humanos que pesan, que no se mueven, que no pueden salir a correr, y que cargamos con pasión desbordada y cuidado sempiterno porque son hijos nuestros, padres, abuelos nuestros, esas vidas a las espaldas. O somos nosotros mismos, que más da. 

Roxana M. Bermejo, La Habana, Cuba. Historiadora y crítico de arte. Licenciada en Historia del Arte por la Facultad de Artes y Letras de La Universidad de La Habana. En el presente se desempeña como Editora de revista académica de perfil independiente Art-Sôlido. Merecedora por su libro ‘‘Bitácora del sujeto ausente’’, del Primer Premio Novel Internacional de Poesía Universitaria “Cátedra Miguel Hernández” de la Universidad Miguel Hernández de Elche, Alicante (España, 2016). Participante en diversos eventos nacionales e internacionales, relacionados con la cultura caribeña y latinoamericana. Textos suyos de perfil investigativo han sido publicados en espacios como la revista y el Tabloide Artecubano, AMANO: Oficio & Diseño, FullFrame, Art OnCuba, y el portal digital cinematográfico Cuba Now.

Categories: Featured, Visual Art

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