Harlem, gospel y comunidad

Yo no voy mucho a misa, pero sí voy camino a la Catedral de St. John the Divine, o por las orillas del Hudson hacia Riverside Church. A veces entro a St. Patrick’s para escuchar el órgano o a Trinity Church para ver al organista. Pero hoy me fui a Bethel Gospel Assembly.

Entrar a Bethel Gospel en Harlem no es entrar a una iglesia cualquiera. Se parece más a una reunión de familia donde todos te estaban esperando, aunque nunca te hayan visto antes.

Vivo en Nueva York. Mis recorridos diarios me llevan por museos, bibliotecas, galerías y barrios enteros en busca de historias, pero hoy no vine aquí a buscar historia, sino a vivirla, a sentirla.

Apenas crucé la puerta, una señora me sonrió y me dio la bienvenida. No me preguntó quién era ni de dónde venía. Simplemente me dijo: “Bienvenido, hermano”.

Y de pronto comprendí que el gospel no comienza con la música. Comienza con la comunidad.

La iglesia se fue llenando poco a poco. Familias completas, ancianos, jóvenes, niños vestidos con sus mejores ropas. Algunos conversaban en voz baja. Otros rezaban. Algunos simplemente sonreían. Había una sensación de cercanía difícil de explicar en una ciudad tan inmensa y acelerada como Nueva York.

Entonces comenzó la música.

Primero una voz. Después otra. Luego el coro completo. Y finalmente toda la congregación.

Las paredes parecían desaparecer.

No era un concierto. No era una representación artística. Era una conversación colectiva entre la fe y la esperanza.

Mientras escuchaba, pensé en la extraordinaria historia que estaba detrás de aquellos cantos.

El gospel nació entre las comunidades afroamericanas del sur de Estados Unidos. Sus raíces se remontan a los siglos XVIII y XIX, cuando los esclavos africanos mezclaron tradiciones musicales africanas con himnos cristianos europeos. En medio de condiciones inhumanas surgieron canciones que transmitían resistencia, consuelo y esperanza.

Aquellos primeros cantos espirituales, conocidos como spirituals, hablaban de libertad, sufrimiento y redención. Eran canciones que ayudaban a sobrevivir.

Con el tiempo, esas expresiones evolucionaron hasta convertirse en lo que hoy conocemos como música gospel.

Mientras el coro cantaba frente a mí, pensé en algo extraordinario: gran parte de la música popular contemporánea nace, de una forma u otra, en estos bancos de iglesia.

El blues heredó su profundidad emocional del gospel.

El jazz tomó de él su capacidad de improvisación.

El soul nació prácticamente de su misma raíz espiritual.

El rhythm and blues, el rock and roll e incluso buena parte del pop moderno conservan elementos que nacieron aquí.

Resulta imposible imaginar la historia de la música sin la influencia del gospel.

Artistas como Mahalia Jackson llevaron esta tradición a escenarios internacionales. Más tarde, figuras como Aretha Franklin, hija de un pastor bautista, o Ray Charles transformaron aquellos sonidos espirituales en nuevos lenguajes musicales que cambiaron la cultura popular para siempre.

Incluso artistas tan diferentes como Elvis Presley, Whitney Houston o Beyoncé crecieron bajo la influencia directa de la tradición gospel.

Mientras escuchaba a los músicos de Bethel, comprendí que no estaba presenciando simplemente una ceremonia religiosa. Estaba contemplando uno de los grandes pilares culturales de Estados Unidos.

Pero quizás lo más importante no sea su legado musical.

Quizás lo más importante sea su dimensión humana.

Durante generaciones, las iglesias gospel han sido mucho más que lugares de culto. Han funcionado como centros comunitarios, espacios educativos, refugios sociales y motores del movimiento por los derechos civiles.

Aquí se organizaron reuniones comunitarias. Aquí se alimentó a familias necesitadas. Aquí se construyeron redes de apoyo cuando muchas otras instituciones les dieron la espalda a las comunidades afroamericanas.

Aquí también resonaron las voces de quienes soñaban con una sociedad más justa.

Y mientras observaba a las personas cantar, abrazarse y compartir sus experiencias, comprendí que esa función continúa viva.

En la Catedral de León, España, es donde más cerca estuve de Dios. Allí la iglesia, con su arquitectura y su sentido de lo divino, te eleva; aquí, en Bethel, Dios baja y te agarra de la mano.

Al final del servicio, el coro interpretó una última canción. Algunos fieles levantaron las manos. Otros cerraron los ojos. Y para otros, entre los que me incluyo, fue inevitable llorar.

No compartía necesariamente las mismas creencias de quienes me rodeaban, pero sí compartía algo esencial: la emoción de sentirme parte de una comunidad por unas horas.

Al salir nuevamente a las calles de Harlem, la ciudad parecía la misma, pero para mí ya no lo era.

Comprendí que el gospel no es solamente un género musical.

Es una memoria colectiva.

Es una forma de resistencia.

Es una celebración de la esperanza.

Y quizás por eso, más de un siglo después de su nacimiento, continúa emocionando a personas de todas las culturas, idiomas y creencias.

Esta mañana entré en una iglesia para escuchar misa.

Salí habiendo escuchado una parte esencial de la historia de Estados Unidos. Y, de alguna manera, también una parte de la historia de todos nosotros.


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