«Yo no nací en Nueva York. Nací en un lugar donde decir Nueva York podía meterte en problemas.»
Así comienza Mi amigo John Lennon, de Henry Ballate. La frase parece sencilla, pero contiene prácticamente todo el libro: dos geografías, dos sistemas de vida y una distancia que el narrador tardará décadas en recorrer. Entre un pequeño pueblo cubano y el Upper West Side de Manhattan se despliega una autobiografía en la que John Lennon funciona menos como personaje que como presencia: una especie de interlocutor invisible que acompaña al autor desde la infancia hasta la ciudad donde finalmente vive.
Este no es un libro sobre John Lennon y tampoco una biografía de The Beatles. Es la historia de un hombre que construyó una amistad imaginaria con alguien a quien nunca conoció y que, sin embargo, tuvo consecuencias reales en su vida. Ballate lo establece casi desde el comienzo, cuando pasa frente al Dakota como un vecino más y confiesa: «Yo fui amigo de John Lennon. Y mucho antes de llegar a Nueva York, Lennon ya había cambiado mi vida.» Esa contradicción —ser amigo de alguien que nunca supo que existías— constituye una de las ideas más interesantes del libro.
La verdadera protagonista, sin embargo, podría ser la distancia. Primero aparece materializada en una vieja radio norteamericana, alimentada por seis grandes baterías, en una casa rural sin electricidad. Las estaciones llegaban desde el norte atravesadas por interferencias y estática. El niño pegaba el oído al aparato como si aquel pequeño gesto pudiera reducir físicamente la separación entre ambos mundos. Allí escucha por primera vez a The Beatles sin comprender las palabras y abre repetidamente la parte trasera de la radio buscando, casi literalmente, de dónde provenía aquello que sentía. Examina sus entrañas como si pudiera encontrar allí «el origen de aquella libertad que todavía no sabía nombrar».

Esa es quizás una de las imágenes centrales de Mi amigo John Lennon: un niño buscando la libertad dentro de una radio.
La música deja pronto de ser solamente música. Después de varias pérdidas familiares, cuatro adolescentes terminan convirtiéndose entre ellos en John, Paul, George y Ringo. La muerte de Lennon, conocida también a través de una transmisión captada desde el norte, los lleva una noche al cementerio del pueblo. Allí pasan por las tumbas de sus propios muertos y comienzan a tocar canciones de The Beatles. Ballate resume la escena con una de las imágenes más desnudas del libro: «Fue nuestro primer concierto. No había público; solo tumbas.» Los cuatro muchachos deciden entonces que algún día subirán al escenario del pueblo, cantarán para John y cantarán aquello que no debían cantar.
Es aquí donde el libro encuentra una de sus mayores virtudes. Los grandes acontecimientos históricos rara vez son narrados desde arriba. Llegan a través de objetos pequeños: una radio, una guitarra, un televisor soviético, una Coca-Cola, una partida de ajedrez, un número de prisionero. La Historia entra en la habitación doméstica y modifica la vida de quienes están dentro. Incluso la Guerra Fría aparece filtrada por la experiencia de un adolescente que aprende no solo a controlar lo que dice, sino también aquello que siente.
El relato se vuelve progresivamente más oscuro. La juventud, el arte y la música dan paso a la vigilancia, la prisión y finalmente la decisión de abandonar Cuba por mar. Una de las imágenes más poderosas aparece cuando Ballate recuerda que, mientras estaba preso, estaciones de radio del norte pronunciaban diariamente su nombre. La respuesta del narrador es extraordinaria por su economía: «Mi nombre viajaba con más libertad que mi cuerpo.» Toda la experiencia del encierro cabe en esa frase: el hombre permanece detenido mientras su nombre cruza el estrecho que él todavía no puede cruzar.
El mar, por eso, no aparece simplemente como frontera geográfica. Es la gran separación física del libro. Al atravesarlo en una balsa, Ballate descubre que otras personas pronunciaban los nombres de quienes habían salido de Cuba y trataban de saber si habían sobrevivido. El viaje que parecía completamente solitario estaba rodeado por una red invisible de voces, radios y familias esperando noticias. La radio de la infancia vuelve así transformada: primero había traído a Lennon hasta el niño; años después transportaría el nombre del propio Ballate hacia el exterior.
Hay además una escena particularmente eficaz porque evita cualquier grandilocuencia. Al llegar a Estados Unidos, un funcionario de inmigración le pregunta su nombre. Ballate responde tres veces: Henry Ballate. Ya no es el muchacho que se hacía llamar Lennon con sus amigos ni el número que había sido dentro de una celda. «Yo era Henry Ballate.» Al pronunciar nuevamente su nombre, comprende que acaba de nacer otra vez. La identidad que durante buena parte del libro había necesitado esconderse detrás de canciones, nombres prestados y transmisiones de radio finalmente puede pronunciarse en voz alta.

Pero Mi amigo John Lennon no está construido como una autobiografía estrictamente cronológica. El presente neoyorquino interrumpe continuamente el pasado cubano. Un partido de hockey visto desde un bar del Upper West Side abre una puerta hacia 1980; una canción de Lennon en la máquina de música devuelve al narrador a la noticia de su asesinato; el mar reaparece incluso cuando no puede verse desde Manhattan. El procedimiento hace que Cuba y Nueva York terminen ocupando simultáneamente la narración. No son simplemente el antes y el después de una emigración: son dos espacios que continúan existiendo uno dentro del otro.
Esa estructura encuentra su equivalente visual en las fotografías en blanco y negro realizadas por el propio Henry Ballate e incluidas en el libro, pertenecientes a su serie Traces of Silence. No funcionan como documentación convencional ni como simples ilustraciones de los lugares mencionados. Son otra forma de narración. Calles, edificios, luces, sombras y figuras aisladas presentan una ciudad que parece existir entre presencia y desaparición. Ballate escribe la ciudad y, al mismo tiempo, la fotografía; la cámara continúa allí donde las palabras encuentran su límite.
En Traces of Silence, Nueva York está ahí, respirando bajo su propio peso, murmurando entre la luz, el vapor y el silencio. En las fotografías, las calles parecen habitadas por ecos y la arquitectura adquiere la condición de memoria. Esa mirada visual comparte con el libro una preocupación fundamental: lo que permanece después de la ausencia. La fotografía y la escritura terminan trabajando sobre el mismo territorio.
Hay algo especialmente significativo en esa inversión. De niño, Ballate imaginaba una ciudad que recibía a través de ondas de radio, canciones e imágenes. Ahora vive dentro de aquella imagen y produce sus propias fotografías de ella. Traces of Silence se convierte entonces en una segunda memoria: no la memoria de lo perdido, sino la de aquello que alguna vez pareció imposible alcanzar.
Por eso el Dakota adquiere tanta fuerza simbólica. Para millones de personas es el edificio frente al cual fue asesinado John Lennon. Para el narrador es también parte de su recorrido cotidiano. El portero lo reconoce; él levanta ligeramente la mano y continúa caminando. Esa normalidad resulta más conmovedora que cualquier peregrinación. El muchacho que escuchaba a The Beatles desde una casa sin electricidad termina viviendo a pocas calles del lugar donde murió el hombre que había convertido en amigo.
Uno de los mayores logros de Mi amigo John Lennon está precisamente en no intentar resolver esa paradoja. Lennon está muerto y, al mismo tiempo, continúa apareciendo. Cuba quedó atrás y continúa entrando en cada habitación. El niño desapareció y sigue mirando a través del adulto. Nueva York fue primero imaginación y después realidad, pero tampoco la realidad consigue borrar completamente la ciudad imaginada.
El libro comienza con una distancia aparentemente insalvable y termina cuestionando qué significa realmente llegar. Ballate cruza el campo, el pueblo, La Habana, la prisión, el mar y finalmente las calles de Manhattan, pero la trayectoria más importante no es geográfica. Es el camino entre el niño que buscaba dentro de una radio el origen de una libertad que todavía no sabía nombrar y el hombre que puede caminar frente al Dakota, entrar a un bar cercano, escuchar una canción de Lennon y comprender que algunas amistades no necesitan haber ocurrido literalmente para haber sido verdaderas en una vida.

Mi amigo John Lennon es, finalmente, un libro sobre la extraña capacidad del arte para atravesar fronteras antes que nosotros. Una canción cruzó primero. Después cruzó un nombre. Finalmente cruzó el hombre.
Y Nueva York estaba al otro lado.
Mi amigo John Lennon está publicado en español y en inglés, bajo el título My Friend John Lennon, y está disponible en librerías y a través de distribuidores, incluyendo Strand Book Store en Nueva York.
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